JOHN PALMER: EL ANTROPOLGO INGLES QUE MURIO COMO WICHI

En 1978 llegó al Chaco argentino para estudiar a los Wichí. Cuarenta y cinco años después, John Palmer murió en Tartagal y fue enterrado en Hoktek T’oi, la misma comunidad donde había comenzado su trabajo de campo. Entre esos dos momentos ocurrió una historia que difícilmente cabe en la palabra “investigación”.
¿Hay algún momento en que un antropólogo deja de ser un visitante?
Por Redacción Nota Antropológica
La primera noche en Hoktek T’oi, John Palmer escuchó un canto.
Era 1978. Había llegado a la comunidad para realizar una investigación antropológica sobre la espiritualidad wichí. Aquella noche siguió el sonido entre la oscuridad hasta encontrar una vivienda. Afuera había varias personas sentadas alrededor de un fuego. En el centro estaba Chenpā, un chamán, atendiendo a un enfermo.
Palmer se acercó.
Su presencia interrumpió el tratamiento.
Aquella escena duró poco, pero bastó para mostrarle hacia dónde tendría que dirigir su investigación.
Cualquiera que alguna vez haya llegado como extraño a un lugar ajeno con la intención de conocerlos una de las primeras preguntas siempre es:
¿Cómo se conoce realmente la vida de otras personas cuando nuestra propia presencia modifica aquello que queremos conocer?
John Palmer comenzó a hacerse esa pregunta mucho incluso antes de escribir las respuestas.
Su relación con los Wichí había comenzado algunos años antes. En 1974 llegó a Argentina durante un año sabático y conoció por primera vez a integrantes de este pueblo. El propio Palmer reconoce a Francisco Pérez como el primer Wichí que conoció. Después vendrían otros nombres que terminarían formando parte de su trayectoria, entre ellos Juan Toribio, Luis Félix, Tomás Félix, Mateo Aparicio y Nazareno Sánchez.
Todavía faltaba tiempo para que aquella experiencia se convirtiera en una investigación doctoral.
En 1978 regresó y se instaló en Hoktek T’oi.
Ahí comenzó otra etapa.
Palmer no solamente se trataba de registrar información, tenía que aprender una lengua, comprender relaciones sociales, escuchar relatos, conocer prácticas espirituales y acercarse a conceptos que no tenían una traducción sencilla al castellano.
Pero revisa una dificultad más.
¿Cómo explicar una cultura sin obligarla a encajar en las categorías de quien la estudia?
Conoció a Yilis, hijo de Chenpā, y este se convertiría en uno de sus principales guías. Dieciocho meses después, cuando Palmer estaba por regresar a la universidad, Yilis le hizo una observación que le removeria las ideas de de buena parte de su trabajo. Le preocupaba que otras personas se rieran de su cultura cuando conocieran lo que Palmer estaba escribiendo sobre ella.
Palmer le respondió que quería realizar un trabajo respetuoso del mundo wichí.
La respuesta parecía simple, casi automática.
Pero cumplirla le tomaría décadas.
El propio antropólogo explicó que tardó alrededor de veinte años en traducir determinados términos del idioma wichí y en articular la coherencia de su cosmología.
Ahí aparece una diferencia importante entre visitar una comunidad y dedicarle una vida de investigación.
El visitante puede regresar a casa con recuerdos.
El investigador necesita aprender a interpretar aquello que encontró.
Palmer tuvo que revisar durante años sus propias herramientas para comprender lo que había escuchado.
Uno de los conceptos que más trabajo le exigió fue husek, una palabra que tradujo como «voluntad», aunque reconoció que cualquier traducción sería parcial. La noción terminó ocupando un lugar central en La buena voluntad wichí, obra basada en su tesis doctoral presentada en Oxford en 1997.
La investigación comenzó a cambiar de escala.
Palmer ya no estaba describiendo únicamente prácticas observables. Intentaba comprender cómo se construían las relaciones entre las personas, cómo se entendía la vida social, cómo funcionaban las relaciones de parentesco, qué lugar tenía la espiritualidad y cómo se relacionaban las personas con su territorio.
Y también se comenzó a preguntar
¿Qué pasaría si aquello que una persona estudia se ve amenazado por causas que nadie puede controlar desde adentro?
Los territorios Wichí de Zlaqatahyi y Lhaka Honhat enfrentaban procesos de despojo territorial, explotación forestal, expansión de actividades económicas y deforestación. Para las comunidades, el territorio no era solamente una superficie que podía dividirse mediante títulos de propiedad. La pérdida del monte afectaba alimentos, medicinas, leña, fibras, lugares con nombres propios y formas de vida.
La situación llevó a Palmer hacia otro tipo de trabajo.
Durante la década de 1990 comenzó a participar en procesos relacionados con la defensa territorial. En 1991 colaboró en un proyecto de demarcación de tierras de Lhaka Honhat. Su investigación empezó a relacionarse con una disputa concreta sobre derechos indígenas.
En Hoktek T’oi, el conflicto también llegó a los tribunales.
La comunidad había sido fundada en 1968 por familias que habían regresado a su territorio después de desplazamientos relacionados con colonos, terratenientes y misiones religiosas. En 1996 obtuvo reconocimiento jurídico. Tres años después recuperó la propiedad de 27 hectáreas ocupadas por viviendas y chacras familiares. En 2001 la comunidad consiguió judicialmente conservar otras 17 hectáreas.
Ese mismo año fueron declaradas de utilidad pública otras 3,000 hectáreas.
Pero el conflicto todavía estaba vigente.
En 2003, después de siete años de litigio, la Corte Suprema argentina declaró nulos los permisos de deforestación impugnados por la comunidad.
Entonces, en una situación como esta
¿Puede un antropólogo seguir siendo solamente un observador cuando las personas con quienes trabaja enfrentan un conflicto que también involucra los conocimientos que él ha construido durante décadas?
Para Palmer, la respuesta terminó siendo práctica.
La buena voluntad wichí tuvo una función relacionada con la defensa y promoción de los derechos humanos del pueblo indígena. El propio autor explicó que su antropología podía servir como instancia de mediación entre una población afectada y quienes ejercían distintas formas de presión sobre ella.
Su vida personal también quedó ligada a esa trayectoria.
Palmer vivió durante varios años con la familia extensa de José Ruiz. Más adelante, entre las personas que reconoce como parte importante de su vida aparece Basilia Pérez, su esposa wichí.
Aquí es importante separar la historia personal de lo que muestra El etnógrafo, el documental dirigido por Ulises Rosell en 2012.
La película presenta una etapa específica de la vida de Palmer. Aparecen su familia, sus hijos, la relación cotidiana con la comunidad, los conflictos territoriales y el caso de Qa’tu. El documental también muestra el problema que surge cuando las normas de una comunidad entran en tensión con el sistema jurídico estatal.
Es una representación cinematográfica de una parte de su vida.
No es toda su historia.
Para entonces, Palmer llevaba décadas relacionado con los Wichí.
Había comenzado como estudiante.
Había regresado como investigador.
Había aprendido su lengua.
Había trabajado sobre su cosmología.
Había participado en procesos de defensa territorial.
Había formado una familia.
La distancia entre investigador y comunidad se había transformado con el paso de los años.
Después de una hora dedicada al trabajo de campo con una comunidad. ¿Qué significa terminar una vida en el mismo lugar al que alguna vez se llegó como extranjero?
John Palmer murió el 30 de mayo de 2023 en Tartagal, después de una enfermedad. Tenía 69 años. Su trayectoria había quedado vinculada durante décadas con el pueblo Wichí y con la defensa de sus derechos. Después de su muerte fue enterrado en Hoktek T’oi de acuerdo con información difundida por el diario británico The Guardian.
Esa última imagen permite regresar a aquella primera noche de 1978.
Un hombre llega a una comunidad para estudiar una forma de vida que todavía desconoce. Escucha un canto. Se acerca. Su presencia interrumpe una ceremonia. Tiene que aprender dónde está parado, qué puede preguntar, cómo escuchar y cómo interpretar aquello que encuentra.
Con el paso de los años conoce cada vez más aspectos de la de la comunidad.
¿Cuánto puede cambiar nuestra propia vida cuando decidimos acercarnos de verdad a la vida de otras personas?
Si llegaste hasta aquí, cuéntanos qué parte de la historia de John Palmer te hizo detenerte un momento. También puedes compartir esta nota con alguien a quien le interese conocer otras formas de hacer antropología.
Fuentes:
Palmer, J. (2005) La buena voluntad wichí. Una espiritualidad indígena. Formosa y Salta: Grupo de Trabajo Ruta 81.
Zarini, M.E. (2016) El Etnógrafo: cenizas de un incendio entre arte y ciencia. Material académico sobre el documental El Etnógrafo de Ulises Rosell.
CREDITO: Nota antropológica



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