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EN EUROPA SON DELITOS, Aquí: ‘externalidades negativas’

 

EN EUROPA SON DELITOS,

Aquí: ‘externalidades negativas’

 

            El uso del lenguaje para ocultar la verdadera naturaleza de los hechos es tan viejo como la comunicación humana.   Las palabras tienen magia y quienes las conocen y manejan pueden llegar a ser tan seductores como los encantadores de serpientes.

            Regularmente sucumbimos a ellas, en forma de poesía, de obras maestras literarias; y a los oradores que nos venden ilusiones y falsos futuros que calman nuestras angustias del presente.

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Permítaseme una anécdota personal ocurrida, según mal recuerdo hace varios siglos, cuando fui niño, parte de una familia de ocho hermanos que nos embarcábamos cotidianamente en aventuras que regularmente impactaban en la tranquilidad de aquel añorado hogar provinciano.     Nuestra madre cada tanto intervenía para bajar los decibeles del entusiasmo y las reyertas que alteraban la serenidad de la casa.    Intervenciones que muchas veces quedaban ahogadas por nuestra exultante euforia de infantes traviesos.

Una vez, desbordada por la magnitud del desorden que estábamos haciendo, levantó la voz y reclamó:…”que termine el inordinationem inmediatamente”.   Quedamos inmóviles, no conocíamos esa palabra, y su dramática sonoridad nos sumergió en un desconcierto instantáneo que nos paralizó y obviamente terminó con la trifulca.

Desde aquel entonces comencé a sentir respeto por las palabras, en ese instante tomé conciencia que usándolas en el momento adecuado podían llegar a ser mucho más poderosas de lo que imaginaba.

Después, a lo largo de mi vida fui encontrando palabras que me movilizaron, algunas incluso que me fascinaron, como misericordia, por ejemplo, y también expresiones, que en su grandilocuencia, claramente revelaban haber sido pensados para ocultar realidades agobiantes.

EXTERNALIDADES NEGATIVAS

El concepto externalidades negativas, aparece cuando una persona o una empresa realizan actividades productivas que generan detritus, ya sea líquidos sólidos o gaseosos, y los arroja inconsultamente fuera de los límites del establecimiento fabril, al exterior más allá de las fronteras de su emplazamiento, a otros, o a la sociedad en general, para no asumir los costos que generaría su restauración,

Astuta expresión que entre otras cosas tiene la virtud de disfrazar una realidad muchas veces criminal y sobre todo a quien/quienes las provocan.

Fíjense: una ‘externalidad’ pareciera no es culpa de nadie, de hecho es algo externo, que está fuera de nosotros, algo de lo que en consecuencia, al menos verbalmente no somos responsables.

La mayoría de las actividades industriales pueden generar consecuencias negativas sobre terceros; y sus responsables tratan invariablemente de eludir hacerse cargo de las mismas, con mayor o menor éxito según el tipo de actividad de que se trate.

En algunos casos remediar el insuceso o evadir la compensación correspondiente no es fácil por la resistencia que oponen las víctimas, pero en otros, los responsables se las arreglan para zafar porque a la justicia generalmente le cuesta intervenir en estos temas.

Es el ejemplo de la producción agrícola, que extrae la fertilidad de los suelos en beneficio particular, bien que de acuerdo al artículo 2342 de nuestro Código Civil pertenece al Estado, o sea toda la sociedad; y además que cuando practica la agricultura industrial contamina el ambiente y los seres vivos por el uso indiscriminado de agrotóxicos que se liberan prácticamente sin control en la naturaleza.

O localmente empresas que afectan severamente el ambiente y la salud donde se radican haciendo caso omiso a los reclamos de las víctimas.

Un ejemplo paradigmático es UPM-BOTNIA, empresa que logra producir regionalmente pasta de celulosa a valores irrisorios, menos del cincuenta por ciento de lo que cuesta en Escandinavia, entre otras razones porque le permitimos utilizar gratis decenas de millones de litros de agua dulce diariamente, contaminarla con químicos y venenos que enferman y matan la vida regional, y luego ‘externalizarlos’ o sea arrojarlos nuevamente a nuestra naturaleza, fuera de los límites de su fábrica.     Como también ventear millones de M3 de aire contaminado en el mismo proceso sin hacerse cargo de las consecuencias del daño que producen.           Típico caso de ‘externalidades negativas’ arrojadas al conjunto social.

 La misma empresa en su país de bandera, Finlandia, de ninguna manera podría actuar de ese modo, no se lo permiten ni las leyes, ni las autoridades ni mucho menos el pueblo finés.

LOS IMPUESTOS PIGOUVIANOS

Estos temas no son nuevos, en el siglo pasado, Arthur Pigou, notable economista ingles que sucedió a Alfred Marshal en la conducción de la Universidad de Cambridge, señalaba estas distorsiones y recomendaba la intervención estatal a fin de corregirlas aplicando impuestos especiales que nunca debían ser inferiores al costo de poner los elementos alterados en el proceso industrial en las condiciones que tenía antes de ser utilizados.      Los que a partir de entonces fueron llamados Impuestos Pigouvianos.

 Nuestra sociedad está aprendiendo estos temas por la vía más dolorosa que es la de asumir la enfermedad y la afectación de la naturaleza que estos procesos provocan, sin ninguna protección ni contención.

Las personas que hemos elegido para legislar en la defensa de nuestro interés y protegernos, en este caso el bien más valioso: la salud y la vida, viven en una burbuja de intereses creados donde se instalan cómodamente y articulan con quienes nos ‘externalizan’ sus vertidos tóxicos.

La sociedad comienza a reaccionar, no todos se resignan a ser el pato de la boda, aunque Don Dinero, el poderoso caballero, se ocupa de disuadir a los que toman decisiones para que perpetúen un estado de cosas que cada vez se hace más evidente, perjudica a las mayorías.    Para algunos esta es una historia de final abierto, pero habemos quienes confiamos en que finalmente la sensatez se impondrá y no permitiremos más que ‘externalicen’ sus basuras sobre nosotros.

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